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martes, 14 de marzo de 2017

LA PALABRA DE DIOS

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4º DOMINGO DE CUARESMA
26 MARZO 2017

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús contestó: “Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé” (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista.
Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ése el que se sentaba a pedir?” Unos decían: “El mismo” Otros decían: “NO es él, pero se le parece”. El respondía: “Soy yo”. Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?” Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver”. Le preguntaron: “¿Dónde está él?”. Contestó: “No sé”.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?”.
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?”. Él contestó: “Que es un profeta”. Le replicaron: “Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre? Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y se postró ante él.El ciego de nacimiento es el hombre, todo hombre. Andamos muy ciegos por la vida. ¿De quién es la culpa? De nosotros y de nuestros padres.

De nuestros padres que nos enseñaron a mirar solamente la materialidad de las cosas y no nos enseñaron a mirar más allá de su superficie, penetrando en el misterio del ser y de la vida. Y así no hemos aprendido a tratarnos con profundidad, porque sólo vemos las apariencias.
La culpa es también nuestra, porque nos fascina lo externo y nos quedamos ahí, deslumbrados ante el brillo pasajero de las personas y las cosas. Nosotros miramos las apariencias y no miramos el corazón.
Vemos y valoramos a las personas por su tener, por su poder, por su saber, no por lo que verdaderamente son. No captamos su misterio, ni siquiera el nuestro propio.
Nuestra ceguera es grave. Tan grave que muchas veces sólo valoramos las cosas y sobre todo a las personas cuando las perdemos…
Pero en toda vida humana hay un momento en que damos la vuelta a los prismáticos: y todo lo que visto con cristales de aumento nos parecía enorme y cercano… se aleja de repente y se vuelve diminuto y distante.
Esa vuelta a los gemelos la damos cuando nos llega un gran dolor o se descubre un gran amor…
Recuerdo, la experiencia de una mujer que había vivido este cambio cuando su padre se puso seriamente enfermo y amor y dolor hicieron que todo su mundo cambiara de color. “¡Cuántas cosas –decía- por las que antes luchaba y me angustiaba se me han vuelto fútiles e innecesarias!¡Qué tontas me parecen algunas ilusiones sin las que antes me parecía imposible vivir! ¡Cómo se vuelve todo de repente secundario y ya sólo cuenta la lucha por la vida y la felicidad de los seres que amas!”.
Es cierto: la gran enfermedad de los hombres es la ceguera, esa ceguera que nos conduce cada día a equivocarnos de valores…
Yo me he preguntado muchas veces qué le pediría a Dios si él me concediera un día un milagro. Y creo que le suplicaría el VER, el ver las cosas como él las ve, desde la distancia de quien entiende todo, de quien conoce las auténticas dimensiones de las cosas.
Si tuviera ese don, ¡qué distinta sería mi vida! ¡Cuánto más amaría y cuánto menos me preocuparía por otras cosas!
Esa chica, seguía diciendo: “Ahora gano mis tardes haciendo crucigramas con mi padre. Soy feliz viéndole sonreír. A su lado no tengo prisas. Cada minuto de compañía se me vuelve sagrado. Y cuando por la noche regreso a mi casa sin haber “hecho nada”, nada más que amar, me siento llena y feliz.
Le veo feliz de tenerme a su lado. No hay premio mejor en este mundo. Sé que un día me arrepentiré de millones de cosas que he hecho en mi vida. Pero nunca de esas horas “perdidas” a su lado”.
Esta chica tiene razón. Ha vuelto sus prismáticos y de repente el cristal de aumento de su corazón le ha hecho descubrir lo que la mayoría de los seres humanos no llegamos ni siquiera a vislumbrar. Y todo lo demás se ha vuelto pequeñito y lejano: muy secundario.
Hoy Jesús, en el personaje del ciego, nos invita a dar la vuelta a los prismáticos.
Pidamos a aquel que dijo: “Yo soy la Luz del mundo”, que cure nuestra ceguera y nos enseñe a no fijarnos en las apariencias, sino a ver como Él , el corazón de las personas y de las cosas.




martes, 7 de marzo de 2017

LA PALABRA DE DIOS


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3º DOMINGO DE CUARESMA
19 MARZO 2017
+ Lectura del santo Evangelio según San Juan
En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber” (Sus discípulos se habían ido al pueblo a buscar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?, ¿eres tú más que nuestro padre Jacob que nos dio de este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén, daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos”. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Yo soy: el que habla contigo”.
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

El literato francés Péruy dijo que el gran y terrible descubrimiento de todos los hombres de cuarenta años es constatar que no se es feliz y que nadie lo ha sido y que nadie lo será jamás. A lo mejor es mucho decir, pero nos da una idea de lo difícil que es ser felices. Ser feliz exige un mínimo de concordancia consigo mismo.
La samaritana es una mujer en busca de felicidad. Nada se le pone por delante para ser feliz. Pero tiene que descubrir, ayudada por Jesús, que el lugar de la felicidad no está donde ella creía que estaba. Hay que desplazarse hacia el manantial de agua que viene de Dios.
Los creyentes sabemos que la felicidad depende de “arrimarnos” a Jesús, fuente de verdadera felicidad. No todos los entienden. ¿Lo entiendes?
Precioso pasaje el de la samaritana. Todos llevamos algo de lo que esta mujer significa dentro de nosotros. Todos tenemos sed de más. Un más que no son cosas ni personas. Un más que es verdad e intimidad. ¿Cómo no sentir vacío si dejamos de alimentarnos de verdad y de intimidad con Aquél que es manantial de agua viva?
Que el encuentro con el Señor desvele toda la sed que llevas dentro y todas las posibilidades que tienes de saciar tu sed.



jueves, 2 de marzo de 2017

LA PALABRA DE DIOS



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2º DOMINGO DE CUARESMA
12 MARZO 2017


+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: -Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle.
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándolos les dijo: -Levantaos, no temáis.
Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.



¿Qué hay detrás de la tapia?
Hace tiempo leí una pequeña historieta que me gustó. En una leprosería había un leproso que se pasaba el día encerrado sobre sí mismo, triste y sin esperanza. Hasta que un día comenzó a sonreír. Todo el mundo se preguntaba ¿qué había pasado? Y se dieron cuenta de que todas las mañanas se asomaba al muro que lo separaba de la calle. Se subía al muro. Bajaba y comenzaba a sonreír. Llenos de curiosidad se acercaron. Una señora todos los días pasaba a esa hora por allí. Esperaba ver al leproso. Y desde la calle le regalaba una sonrisa. Y esto era suficiente para hacerle feliz a aquel hombre lleno de angustia y tristeza durante todo el día.
Me viene esta anécdota precisamente, el segundo domingo de Cuaresma, en el que leemos la Transfiguración de Jesús en el Tabor. Un momento en el que Jesús se transforma y todo él se ilumina dejando transparentar lo que lleva dentro detrás del muro de su humanidad.
Con frecuencia todos nos quedamos a esta parte del muro y no vemos la vida que camina por la calle ni las sonrisas que nos llegan.
Vemos a los demás, no por lo que llevan dentro, sino por lo que vemos desde afuera.
Vemos a los demás, tapados y escondidos detrás del muro de sus cuerpos.
Vemos los árboles, desde su áspera corteza, y no vemos la savia que corre por dentro.
Vemos las rejas de la cárcel, y no vemos a los hombres que sufren privación de libertad allá dentro.
Vemos las rejas de los conventos de clausura, y no vemos esas almas contemplativas que han consagrado su vida a Dios y dedican sus vidas a orar por la Iglesia y el mundo.
Vemos la enfermedad y vemos muy poco al enfermo.
Vemos el pan de la mesa, y no vemos el sudor de quien lo ha ganado con su amor y el esfuerzo de su trabajo.
Vemos el cuerpo gastado y arrugado del anciano ya cansado, y no vemos al hombre que vive y siente y ama y tiene necesidad de cariño, allí dentro.
Vemos a la Iglesia desde sus debilidades humanas, y no vemos al Jesús que vive resucitado en ella.
Vemos el pan de la Eucaristía, y vemos muy poco al Jesús que se encierra dentro de ese pan.
El leproso fue capaz de subirse al muro y así poder ver la vida que caminaba por la calle y la sonrisa que alguien le regalaba cada mañana, suficiente para sentirse vivo durante el día.
La transfiguración de Jesús nos hace ver no el muro de su cuerpo sino la transparencia de lo que hay dentro de El. Como el leproso que revive por una sonrisa mañanera venida del otro lado del muro, también los discípulos comenzaron a revivir, llenos de alegría, al ver esa sonrisa transfigurada de Jesús. “Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Hasta ahora le conocían a través del muro de su humanidad. Aquella mañana comenzaron a verlo desde dentro, desde su divinidad escondida.
Es importante ver la corteza del árbol. Pero es más importante ver correr la savia que sube por dentro del tronco y hace brotar las ramas, las flores y los sabrosos frutos. Hoy cuidamos mucho la estética de “nuestro muro” y ello nos impide ver el alma, el corazón y la vida que llevamos dentro. Nos quedamos con la superficie y nos olvidamos de la profundidad que se esconde por detrás.
Nos miramos y nos vemos cada mañana en el espejo. Pero el espejo no nos muestra nuestra verdad interior. No nos muestra nuestro corazón ni nuestra alma. Es preciso aprender a mirar y ver no lo que llevamos de cáscara sino lo que vive dentro, late dentro, ama dentro. Es preciso aprender a mirar al mundo y descubrir a Dios. Es preciso mirar al hombre y descubrir en él, a un hermano.

martes, 21 de febrero de 2017

LA PALABRA DE DIOS



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1º DOMINGO DE CUARESMA
5 MARZO 20174
+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Pero él le contestó diciendo: -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice:
-Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras.
Jesús le dijo: – También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo: -Todo esto te daré si te postras y me adoras.
Entonces le dijo Jesús: -Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.



El primer domingo de Cuaresma nos narra el conocido pasaje de las “tentaciones de Jesús”. Mateo no duda en escribir: Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu para ser tentado. La vida de Jesús está guiada, como la de cualquier persona, por el Espíritu. Cada uno de nosotros tiene su historia, su vida. Y el desierto, pronto o tarde, llega.
“¿Qué quiero decir con estas expresiones?” Algo muy sencillo: a lo largo de nuestra vida llegan momentos en los que nos tenemos que definir. O sobrevivimos a base de agarrarnos a la Palabra, o nos dejamos llevar por otras sugerencias que nos apartan de la Palabra. Jesús es tentado y en la tentación opta por la Palabra, por lo que el Espíritu le dice.
En el lenguaje popular están muy metidas estas expresiones: “Son pruebas que Dios te manda”. “Es una prueba de Dios”. Creo personalmente que Dios no nos manda pruebas. La vida es la que nos presenta momentos de opción en los que tenemos que dar la talla: optamos por dejarnos guiar por el Espíritu o bien optamos por dejarnos guiar por las apariencias tentadoras de lo más inmediato y halagador.
La Cuaresma es un tiempo oportuno para examinar qué lugar ocupa Dios en nuestra vida, en nuestros proyectos, en nuestras decisiones.
Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones, es decir, oportunidades para dejar de lado a Dios y buscarnos la solución a nuestros problemas con nuestros propios medios.
El relato evangélico sitúa a Jesús en la corriente de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Como Adán y Eva, Jesús es solicitado por el tentador. A diferencia de Adán y Eva, Jesús se mantiene fiel a la palabra del Padre por encima de toda duda, de toda propuesta, de toda prueba.
La primera tentación: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes, es un chantaje que tiene como centro la necesidad inmediata, la menesterosidad de todo ser humano. Se le dice: “Agárrate a lo que necesitas ahora; sacia tu hambre y déjate de historias. Vale lo que sirve, lo que nos saca de apuros”. Pero la solución definitiva no es usar de cosas y de personas, Dios incluido. A lo inmediato, Jesús opone el alimento que es la Palabra de Dios. Es el único absoluto.
La segunda tentación: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; sus ángeles cuidarán de ti, es la tentación de usar a Dios para lo que nos conviene y cuando nos conviene. La traducción sería: “Sirve creer en un Dios que nos sirve cuando lo necesitamos” Jesús responde al tentador diciendo: No pongas a prueba a Dios. No dictes a Dios qué es lo que tiene que hacer. No reduzcas a Dios a que haga tu voluntad: Deja a Dios ser Dios.
La tercera tentación: Te daré todo si me adoras. Es la tentación más fuerte. Es la tentación de quienes están dispuestos a entregarse a quien sea y como sea con tal de hacerse dueños de los otros. Poner a todos a nuestro servicio.
Jesús responde tajantemente: Sólo a Dios adorarás. Sólo a Dios servirás.
El modo de vencer la tentación que Jesús nos muestra es tener a Dios por cimiento y su palabra como alimento.
El camino ya está marcado. Recorrerlo es tarea de cada día.
No te sorprendas de ser tentado. Sorpréndete de estar apoyado en el Señor y su Palabra que puedas caer en la tentación.

lunes, 13 de febrero de 2017

LA PALABRA DE DIOS


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DOMINGO VIII TIEMPO ORDINARIO
26 FEBRERO 2017

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.
Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. »



Dios nos ama a todos, y si cuida de las aves mucho más cuidará de cada uno de nosotros; pero a las aves Dios no les pone el alimento en el pico: las aves tienen que esforzarse para conseguirlo. Pues bien, nosotros tenemos que esforzarnos trabajando como si todo dependiera de nosotros, pero confiando en Dios como si todo dependiera de Él. Sin la ayuda de Dios todos nuestros esfuerzos serían inútiles. Incluso ni siquiera podríamos hacer esfuerzos.
Dios nos ama; por eso en la Biblia nos dice: ¿Podrá una madre abandonar al hijo de sus entrañas? Pues aunque lo abandone, yo no te abandonaré; eres precioso a mis ojos y te quiero. Te llevo dibujado para siempre en la piel de mis manos.
Fijaos en este detalle: no dice que nos lleva dibujados en su cara; no. Nuestra cara no la vemos constantemente; nos tenemos que valer de un espejo. Son las manos las que vemos constantemente. Dios, pues, al decirnos, que nos lleva dibujados en la piel de sus manos quiere decirnos que constantemente nos está mirando con amor.
Dios nos ama, seamos como seamos; aunque seamos muy malos y no cambiemos.
Reparad en el amor de una madre por su hijo. La madre no le ama porque sea bueno, sino porque es su hijo. Claro que desea que sea bueno y cada vez mejor. La madre de un criminal querría que su hijo se apartara del mal camino, pero como es madre no deja de amarle. Jamás dirá: Deja de ser un criminal y te querré. Lo que dirá es: Odio tus crímenes, pero a pesar de todo sigo queriéndote con toda mi alma, porque eres mi hijo.
Algo parecido pasa con Dios. Dios ama a sus hijos pecadores, pero odia el pecado porque el pecado es egoísmo y al egoísmo se debe la mayoría de los sufrimientos que hay en el mundo.
Un seminarista que en Bangla Desh luchaba contra el hambre de los nativos decía lo siguiente: «He comprobado que el mayor mal que hay en el mundo no es que un hombre muera de hambre. Por supuesto que esa es una muerte horrible, pero supongo que la gente muere de muertes igualmente horribles en países ricos, donde hay tanto cáncer y donde la medicina moderna es incapaz de acabar con el dolor. No. Lo verdaderamente trágico no es el dolor de morir de hambre, sino la indiferencia de quienes, pudiendo ayudar a sus hermanos que mueren de hambre, no lo hacen».
Hermanas y hermanos: el pecado, que al fin y al cabo es egoísmo, es la causa de la mayoría de los males que sufre la humanidad. No seamos, pues, egoístas. Busquemos antes que nada el reino de Dios.

martes, 7 de febrero de 2017

LA PALABRA DE DIOS


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DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO
19 FEBRERO 2017

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Al escuchar el Evangelio del día de hoy alguien puede pensar: ¡Cualquiera cumple esto! Pero es que Jesús no nos pide cosas imposibles. Tenemos que pensar que algunas palabras de Jesús en este Evangelio no hay que tomarlas tal como suenan; no hay que tomarlas al pie de la letra.
Haríamos el tonto si, cuando nos dan una bofetada, presentáramos la cara para que nos dieran otra. El mismo Jesús no lo hizo cuando fue abofeteado ante Anás, sino que dijo al que lo había abofeteado: «Si he hablado mal, muéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» Gn 18,23). Lo que Jesús nos pide es mansedumbre y que tengamos el corazón limpio de rencor.
Jesús rechaza la famosa ley del Talión, del «ojo por ojo, diente por diente». Por esta ley, si a mí alguien me quitara un ojo, yo le podría quitar a él otro; es decir, yo le podría hacer el mal que él me hiciera a mí. Esta ley tenía de bueno que no nos pasáramos, porque la tentación que tenemos es de quitarle los dos. Pero con esta ley nos ponemos en el camino de la violencia: la de contestar a la violencia con la violencia, y no acabaríamos nunca. Jesús, en cambio, nos trae la ley del amor.
Nosotros muchas veces practicamos la ley del Talión. Es lo que sucede cuando un niño vuelve del colegio y dice que un compañero le ha pegado, le ha roto la carpeta o quitado un bolígrafo. ¿Qué se le dice en casa? «Defiéndete, pégale tú también, no seas tonto». Es la ley del Talión.
Una madre, en cambio, tenía un hijo llamado Carlitos.
Otro compañero llamado Andrés le hacía en clase la vida imposible e incluso le quitaba cosas. Los maestros no conseguían nada con aquel niño, pese a los castigos. Los padres eran un desastre. ¿Qué hizo la mamá de Carlitos? Va un día a la escuela, llama a Andrés y como mamá de Carlitos le da una caja de bombones; desde entonces Andrés y Carlitos fueron siempre amigos. Esta es la ley del amor.
Nos resulta fácil amar a los nuestros aunque a veces haya problemas de convivencia, sea por el carácter o temperamento, sea por otros motivos. Pero a la hora de la verdad, cuando nos sentimos enfermos, son ellos los que están a nuestro lado. Sabemos que podemos contar con ellos y ellos saben que pueden contar con nosotros.
Amar a los nuestros, amar a los que nos hacen bien lo hace cualquiera. Para eso no es necesario creer en Jesús.
En cambio, para amar a nuestros enemigos hay que creer en Jesús, hay que ser cristianos de verdad. Está claro que un enemigo nos resulta antipático y desagradable, pero no podemos desearle mal; al contrario, hay que hacerle todo el bien que podamos. Claro que esto es algo divino; es Dios el que envía la lluvia para los buenos y para los malos, y hace salir el sol para todos. Dios nos ama, no porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es bueno.
Y este es el amor que hemos de imitar; de este modo yo amaré a los demás, no porque sean buenos, sino porque yo soy bueno y deseo serlo cada vez más.
Defendamos nuestros derechos pero perdonemos a los que nos ofenden para que podamos rezar aquellas palabras del padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden».