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martes, 21 de febrero de 2017

CINE PARA CREER



LO QUE LA VERDAD IMPORTA

Paco Arango (Maktub) vuelve a beber en su última película de sus experiencias personales con las asociaciones dedicadas a los niños enfermos. Pero en este caso abre mucho más su ángulo de visión y no se centra exclusivamente en la historia de un personaje enfermo, sino más bien en un joven de mala vida que tiene el don sobrenatural de curar… pero que no lo sabe. Nos referimos a Alec (Oliver Jackson-Cohen), mujeriego y jugador. A su presente aciago y lleno de deudas se añade el dolor de la reciente muerte de su hermano. Un buen día aparece un pariente suyo desconocido, Richard (Jonathan Pryce), que le ofrece ayuda económica a cambio de un misterioso acuerdo.
La película, al igual que Maktub, consigue armonizar la ligereza de la comedia con el espesor del melodrama en una perfecta simbiosis. De esta forma consigue tratar temas densos e intensos de forma ligera, agradable, sin petulancia ni pedantería. No hay nada presuntuoso ni intelectualista en el filme a pesar de meterse en la harina del sufrimiento, de la cuestión fe-increencia, de la autoconciencia, del amor, de la existencia de Dios…, y de un largo etcétera de cuestiones en las que naufragaría un guionista sin talento ni suficiente experiencia de la vida. Esta es la clave: Paco Arango suma a su indudable talento artístico un elemento fundamental, su experiencia constante e inseparable de infancia y dolor, dos palabras que deberían excluirse mutuamente. Su trabajo con niños con cáncer le permite generar una mirada sobre la enfermedad y la muerte, inseparable de la alegría y la esperanza. En ese difícil maridaje, la cuestión de la trascendencia se despoja de toda herrumbre racionalista, y aparece con la sencillez de una certeza elemental, de una experiencia cotidiana. Y para eso es necesario contar con un elenco de actores que sepan transmitir con inmediatez y realismo lo que de verdad importa. En este sentido, el gran activo de esta película es Kaitlyn Bernard, una joven actriz canadiense, luminosa y expansiva, que recuerda a la Natalie Portman de Beautiful girls. Aquí interpreta a Abigail, un personaje inspirado en la realidad, que catapulta la película hacia arriba desde el primer momento de su aparición. También destaca la británica Camilla Luddington en su papel de Cecilia, que va a acompañar al protagonista en todo su recorrido, y Jorge Garcia (padre Malloy) al que ya conocimos en su intervención cómica en Maktub.
El filme por un lado profundiza en la relación entre fe y libertad, dando a esta un valor infinito. No hay bien que valga si no se aferra libremente. Este es el drama del protagonista, al que continuamente se le pone delante la posibilidad de decir sí o no. Pero también está la cuestión de la gracia: siempre hay una segunda oportunidad para volver a elegir, y una tercera… Por otro lado, el filme se acerca a la cuestión de la fe desde la experiencia elemental: lo que sucede son signos que no se imponen sino que se proponen.

lunes, 13 de febrero de 2017

CINE PARA CREER






MANCHESTER FRENTE AL MAR


Seis nominaciones a los Óscar preceden a este filme que se estrenó en España en la reciente Gala del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC). Lee Chandler (interpretado por Casey Affleck) es un fontanero que arrastra un pasado lleno de tragedias y dolor. Un día se encuentra ante el reto de tener que asumir una responsabilidad que le supera: hacerse cargo de su sobrino de 16 años tras el fallecimiento de su hermano. Eso le obligará a enfrentarse a su terrible pasado y al pueblo en el que nació y creció.
Kenneth Lonnergan se consagra como un buen retratista de la fragilidad humana, tanto como escritor de guiones como director. Recordemos los guiones de Gangs of New York, Puedes contar conmigo, Una terapia peligrosa…), o su anterior largometraje como realizador, Margaret, en el que abordaba también un drama familiar intergeneracional. También en aquella se notaban los acentos melodramáticos del director, ciertos subrayados de la puesta en escena, y algunos énfasis innecesarios, así como su excesivo metraje.
Manchester frente al mar es una historia de redención, pero muy diferente de aquellas luminosas, positivas, en las que un final muy emotivo sana las heridas y reconstruye a los personajes. Aquí la sanación es menos peliculera, probablemente más realista, y en ella los cambios son más sutiles, más imperfectos, más incompletos, pero ciertamente verdaderos. La condición de católico del personaje, no siendo un factor desdeñable, tampoco actúa con la potencia suficiente como para que él sea capaz de perdonarse a sí mismo sus propios errores y mirarse con un poco más amor.
La película logra cautivar por su autenticidad, aunque el personaje de Casey Affleck se mueve en la frontera del exceso dramático. La construcción de su personaje está demasiado determinado unidimensionalmente y su arco de transformación es poco evidente. Siendo mejor actor que su hermano Ben, también corre el riesgo de limitarse en registros muy determinados. A pesar de todo, la película funciona, conmueve, interesa, aunque se sienta en el alma como un inolvidable retortijón emocional.

martes, 17 de enero de 2017

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SILENCIO

En un momento histórico en el que los cristianos vuelven a ser brutalmente perseguidos y cruelmente asesinados, casi 2.000 años después de los circos de Roma, es de agradecer que una película ponga sobre el tapete esta cuestión a la que tantos no quieren mirar.
Martin Scorsese lleva a la pantalla una adaptación de Silencio, la novela histórica del católico japonés Shusaku Endo, publicada en 1966, sobre los misioneros jesuitas portugueses en el Japón del siglo XVII. La trama principal gira en torno al personaje real de Cristóbal Ferreira, un jesuita que apostató públicamente tras sufrir torturas y ver morir a sus compañeros. La novela –y la película– siguen los pasos del padre Rodrigues, un joven jesuita que viaja desde Macao a Japón para averiguar qué ha sido de Ferreira, su antiguo maestro, y ayudar a los cristianos perseguidos.
Scorsese leyó la novela en 1989 y un año más tarde compró los derechos para adaptarla al cine. Desde entonces ha estado en su cabeza dando vueltas, tomando forma, hasta que finalmente se ha podido rodar y estrenar. Al margen de la historia, como aventura o peripecia dramática, a Scorsese le interesaba sobre todo reflexionar sobre algunas cuestiones relativas a la fe, a la gracia, a la redención. Y este terrible episodio le permitía hacerlo de una forma muy personal.
Silencio es un largometraje crepuscular, muy largo (160 minutos), lento, muy contemplativo…, incluso lánguido a pesar de lo impactante e hiriente de muchas imágenes. Refleja la miseria silenciosa en la que eran obligados a vivir tantos japoneses cristianos perseguidos que podían ser asesinados en cualquier momento. Unos cristianos sencillos, muy pobres, desclasados, desprotegidos, y a los que solo se les pedía un gesto muy sencillo: que pisaran un cuadrito de estaño en el que se representaba a Cristo. Por no hacer eso se les torturaba hasta morir. Pero también el filme nos muestra a cristianos que sucumben, apostatan por miedo al dolor, y que luego se acercan a la confesión buscando la misericordia de Dios. Porque Scorsese levanta la película sobre dos pilares: la fragilidad humana –tema que trató polémicamente en La última tentación de Cristo– y la gracia, que siempre está ahí, a pesar de todo, disponible, inagotable.
Son muy interesantes las conversaciones entre el padre Rodrigues (Andrew Garfield) y los japoneses, el inquisidor y su ayudante, que tratan de minar la fe del jesuita por la vía del discurso racional. Sin embargo, parece que la argumentación del jesuita no está a la altura apologética que se podría esperar, y no trasmite con fuerza la novedad del anuncio cristiano. Esa carencia es característica de casi todos los cristianos que salen en el filme, y que no contagian ninguna alegría o esperanza presente. Más bien parecen tristes resignados con la desgracia que les ha tocado en suerte, y no brilla en ellos el consuelo del Resucitado. Esta es quizá la principal deficiencia de un filme imponente, profundo, honesto, aunque también frío y desabrido, como todas las películas de Martin Scorsese. Imprescindible.

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COMANCHERÍA

Podría pensarse que ya está todo visto y contado en el ámbito del wéstern. Y sin embargo, de vez en cuando nos encontramos con la sorpresa de que aún se puede filmar algo que resulte fresco y novedoso. Y esta vez la sorpresa no viene de la mano de Tarantino o de los Coen, sino de un británico, David Mackenzie, que tras una larga trayectoria en el Reino Unido, da el salto a Estados Unidos con una película cien por cien yanqui. Una decisión muy arriesgada que le ha salido redonda y le ha valido tres importantes nominaciones a los Globos de Oro.
Dos hermanos atracan bancos en el Medio Oeste. Uno lo hace por sus hijos (Chris Pine), otro por llevar el delito en la sangre (Ben Foster). Les persiguen dos agentes, uno veterano (Jeff Bridges), otro más joven, de raza comanche (Gil Birmingham). Y ya está. Pero detrás de esta aparente sencillez se despliega un abanico de humanidad, de sutilezas, de dramas silenciados y silenciosos, de paisajes con alma… que van engordando la película hasta hacerla explotar. Y lo hace con el fluir del mejor country que se ha escuchado últimamente en la gran pantalla. No es una película de buenos y malos, sino de hombres con heridas, con deseos, con sueños y rencores. Imprescindible ver la película en versión original subtitulada.

jueves, 12 de enero de 2017

CINE PARA CREER



HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE

Mel Gibson vuelve a ponerse tras las cámaras después de muchos años de travesía por el desierto. Después de estrenar Apocalypto en 2006, Gibson entró en una fase complicada de su vida, tanto personal como profesional, en la que interrumpió su trabajo como director durante casi diez años. Ahora parece haber recuperado fuerzas al llevar a la pantalla de forma tan vigorosa la historia real de Desmond Thomas Doss (1919-2006), el primer objetor de conciencia que recibió la medalla de honor del Ejército norteamericano, durante la II Guerra Mundial. Su adscripción a la Iglesia adventista del séptimo día le impedía empuñar las armas, pero quiso alistarse como médico, y así servir a su país.
El argumento fue ebido en dos partes muy diferenciadas por el coguionista Robert Schenkkan. Una primera describe el mundo familiar y personal del protagonista, interpretado por Andrew Garfield y por Darcy Bryce –en sus años de infancia–. Un mundo rural, tradicional, en la Virginia profunda. Un mundo que Mel Gibson ha querido comparar con los dibujos de Norman Rockwell. La segunda parte, según el director, nos lleva por el contrario a un cuadro terrible de El Bosco, en el corazón de la batalla anfibia de Okinawa, una de las más sangrientas de la Guerra, en la que murieron unos 250.000 hombres, pocas semanas antes de finalizar la contienda.
Sangriento relato pacifista
Gibson, por un lado, ha querido hacer un homenaje a un héroe de la conciencia, un hombre –Desmond Doss– que quiso ser fiel a sus convicciones hasta las últimas consecuencias. Según el cineasta, no estamos ante una película bélica, sino ante una historia de amor, de amor al ser humano, de amor a Dios. Y en ese sentido, Gibson nos brinda algunas escenas especialmente épicas y emotivas, escenas que subrayan la grandeza interior del personaje. Pero por otro lado, a pesar de sus palabras, Hasta el último hombre es una de las mejores cintas bélicas de los últimos años, que nos muestra el infierno de aquella batalla de forma brutalmente explícita, recurriendo a un montaje de John Gilbert trepidante e impresionista, que no nos ahorra espantos. Aquí reside una de las posibles objeciones al filme, que por un lado elogia a un pacifista, y por otro nos ofrece un festival de violencia extrema, a la que Gibson es tan patológicamente aficionado. No es casual que en el New York Times un articulista hable de «violencia pornográfica» refiriéndose al filme. Pero el hecho es que en su estreno en el Festival de Venecia recibió una ovación de pie de casi diez minutos.

A la brillante interpretación de Andrew Garfield, y al excelente coro de secundarios, hay que añadir el trabajo de Sam Worthington, en el papel de capitán Glover, y a Hugo Weaving en el dramático rol del padre de Desmond. Sin duda, estamos ante una película que no solo supone el retorno del Gibson cineasta por la puerta grande, sino también ante un filme en el que ética y épica coinciden; un filme que puede alinearse con los mejores títulos de Spielberg y Eastwood.conc

miércoles, 19 de octubre de 2016

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BIAGIO


Un santo de las periferias
Estamos ante la primera película que se acerca a la figura real de Fratel Biagio. Este italiano de 54 años, junto a su pequeña comunidad de consagrados y al salesiano Pino Vitrano, ha creado y dirige una obra de caridad –la misión Esperanza y Caridad– dirigida a los más excluidos de nuestra sociedad. En su ciudad de origen, Palermo, y en el resto de Sicilia, es considerado un santo que acompaña a los más pobres y desamparados.
La película homónima se sitúa en el momento en que Biagio Conte es un joven de 27 años. En el mes mayo de 1990 decide abandonar su casa de Palermo, sus amigos, sus comodidades y fiestas, y se marcha con lo puesto a vivir a los montes de la Madonia siciliana. «Lo tenía todo pero nunca estaba contento», declara de sí mismo. En esos bosques conseguirá trabajo de pastor, y comienza una vida pobre y ascética, de búsqueda de respuestas. Después de diversos e interesantes encuentros humanos descubrirá su camino vocacional en la persona de san Francisco, tras su fugaz estancia en el monasterio franciscano de San Bernardo de Corleone.
La película es el testimonio honesto y sincero de un proceso de conversión. El enigmático comienzo deja clara la intención pura y auténtica de este filme, que solo pretende reflejar una verdad, la verdad de una vida, de un hombre de carne y hueso, con nombre y apellidos, que busca sin coartadas ni componendas el sentido y misión de su vida, su vocación, el camino que Dios ha pensado para él.
Este respeto al personaje impone un uso transparente de la cámara, haciendo que el encuadre solo contenga el espíritu del personaje, el momento por el que pasa su alma. Así, el espectador comprueba cómo Biagio va creciendo como personaje a medida que avanza el metraje.
Ciertamente, el filme se toma muchas licencias en lo que a fidelidad biográfica se refiere. Tanto el director, Pasquale Scimeca, como el guionista y actor protagonista, Marcello Mazzarella, huyen de la hagiografía convencional y nos ofrecen una mirada muy personal y desnuda sobre el personaje.
Las siguientes declaraciones del director de la cinta, que se refiere a Biagio como «uno de los pocos hombres justos que habitan en el planeta», son muy iluminadoras: «Biago no quería que yo contara esta historia. En su corazón temía pecar de orgullo. Pero al final se convenció y me dijo: “Si Dios quiere que tú hagas esta película, hazla”. Yo, por desgracia, no tengo el don de la fe, pero una cosa sí que es cierta: los días que pasé en la misión en compañía de Biagio han cambiado mi vida». Un filme que merece la pena por dentro y por fuera.

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SING STREET 

Sing Street
El famoso director de los musicales Once y Begin Again, John Carney, afronta su tercer filme de temática musical, ambientado en la Irlanda de los ochenta. Cuenta la historia de un adolescente, Connor, muy herido por su situación personal y familiar, que decide montar una banda de rock con amigos para dar expresión a su efervescente mundo interior. Inspirado por una joven musa, Connor reúne a unos cuantos outsiders a su alrededor para formar un grupo que creará unas canciones de sorprendente resultado. A la belleza de la música, el filme añade una reflexión lúcida sobre las familias rotas y su incidencia personal y social. Es una pena que una película tan interesante y lograda se empañe con una crítica caricaturesca a la Iglesia católica, muy mal tratada en el filme, y llena de exageraciones sobre los errores en los que haya podido caer cierto clero irlandés en algunos momentos.

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FOOTPRINTS

Footprints. El camino de tu vida
Juan Manuel Cotelo (La última cima, Tierra de María) estrena su nuevo largometraje documental, en esta ocasión relativo a un grupo de jóvenes americanos, que junto a un sacerdote español, deciden hacer el Camino de Santiago. La película entrelaza el Camino –con sus paisajes, dificultades, imprevistos y escalas…– con el retrato individual de cada peregrino, su historia, sus motivaciones, sus problemas. El tono es muy americano, y quizá por ello muy universal, y se crean atmósferas de cierta épica y logrado dramatismo. Por otra parte, a lo largo del desarrollo, se van tratando ciertos temas de la vida y de la fe, a propósito de las distintas situaciones que surgen. No falta el humor, que oxigena otros momentos más dramáticos. La fotografía es espléndida, aunque más discutibles son unos breves insertos en animación, que ofrecen algunas explicaciones históricas. Un filme que puede hacer gran bien entre el público adolescente y joven.

jueves, 23 de junio de 2016

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SI DIOS QUIERE

El hombre propone…
Con demasiada frecuencia las películas que quieren hablar de la trascendencia, o trasmitir ideas cristianas, acaban siendo catequesis dirigidas exclusivamente a un público ya convencido. Se convierten entonces en ocasiones desaprovechadas, aun bienintencionadas. Si Dios quiere, por el contrario, se dirige objetivamente al gran público, creyente o no, en el formato de una divertida comedia italiana muy abierta, que toca muchos palos y cuenta con personajes para todos los gustos. Este tono popular no le impide al filme hablar con desenfado de cuestiones profundas como pueda ser la libérrima voluntad de Dios, el descubrimiento de la vocación o el prejuicio antirreligioso.
Tommaso es un cardiólogo romano de fama, de mentalidad positivista y atea, y de personalidad prepotente y desabrida. Está casado y tiene dos hijos. La mayor ya está casada y vive con su marido en la puerta de al lado. El pequeño, Andrea, es un estudiante de Medicina, que un día decide reunir a la familia para comunicarles una decisión. A partir de ese momento, todos los personajes experimentarán cambios en su vida que les convertirán en otras personas.
Si Dios quiere es una parábola moderna y en clave de humor que ilustra una realidad de la que dan cuenta algunos refranes o citas, como «el hombre propone y Dios dispone» o «los caminos de Dios no son los nuestros». Al principio el filme parece que habla de las decisiones que toman los protagonistas, pero más tarde comprendemos que en realidad habla de las decisiones que toma Dios.
La película supone el debut como director de Edoardo Maria Falcone, guionista de la reciente comedia romántica ¿Te acuerdas de mí?, entre otros muchos títulos. El reparto está encabezado por Marco Giallini, en el papel de Tommaso; Alessandro Gassman (hijo de Vittorio Gassman), en el papel de sacerdote y Laura Morante, que hace de esposa de Tomasso.

jueves, 31 de marzo de 2016

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RESUCITADO

 la película Resucitado parte de los relatos neotestamentarios, para crear un personaje de ficción, el tribuno Clavius, que recibe el encargo de Poncio Pilato de velar por la seguridad en el proceso de crucifixión y sepultura de Jesús, el Nazareno, y evitar cualquier tipo de alboroto popular, en vísperas de la visita del emperador a Galilea. Todo parece controlado hasta que Jesús desaparece del sepulcro. Clavius empieza a investigar y a interrogar a testigos y discípulos de Cristo, y se encuentra con que la versión más difundida es que el cuerpo no ha sido robado, sino que Jesús ha resucitado y está vivo. Clavius, cada vez más presionado por Pilato, decide averiguar la verdad al precio que sea.
La película, que recuerda bastante a aquella de Damiano Damiani, Una historia que comenzó hace 2.000 años, de 1987, está dirigida por Kevin Reynolds, un singular director al que debemos películas tan dispares como Tristán e Isolda, Rapa Nui o Waterworld. Aunque la puesta en escena es comercial y convencional, con actores de segunda línea, y con un aire general de déjà vu, la película tiene aciertos indiscutibles. Por un lado, no plantea ninguna duda sobre la historicidad de la Resurrección de Cristo. Lo presenta como un hecho tan real como desconcertante para el escéptico Clavius, que aunque no sabe qué explicación racional dar al suceso, sí que tiene una certeza, y es que él ya no es la misma persona desde que se encontró cara a cara con Cristo. Clavius es un testigo de excepción de los orígenes del cristianismo, presentado como una frágil comunidad de amigos, desbordados por la Resurrección de su Maestro. Se subraya la caridad entre los apóstoles y la explicitud de la alegría y del mensaje del amor.
Respecto a los personajes, ciertamente los apóstoles parecen un poco naíf, pero su gozo por el Resucitado está muy bien reflejado; Pilatos está más estereotipado que el que nos ofreció Mel Gibson, y María Magdalena no tiene la fuerza de la Cucinotta en la miniserie homónima. Sin embargo, el conjunto funciona, quizá por la sobriedad sugerente de Joseph Fiennes en el papel de Clavius, aunque no hubiera estado mal un mayor desvelamiento de su camino interior. Para el papel de Jesús, el director rompe con la iconografía más tradicional y elige un actor de facciones duras, el maorí Cliff Curtis, que probablemente cuadra más con la imagen de la Sábana Santa, que tiene su propio protagonismo en el filme.
En definitiva, aunque está lejos de las grandes películas sobre Jesús, Resucitado es muy estimable en su planteamiento esencial, muy desinhibida en su presentación no moralizante del hecho cristiano, y sin complejos ante la mentalidad dominante positivista y racionalista. Cualquiera que se identifique con el personaje de Clavius, un hombre moderno aunque religioso –reza a Marte a diario– no podrá evitar preguntarse seriamente por la verdadera naturaleza de Jesús, el Nazareno. Por fin, una película típica de Semana Santa.

miércoles, 2 de marzo de 2016

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Selma, de Ava DuVernay
Selma. Foto: Wanda Visión
Selma. Foto: Wanda Visión
Selma estuvo nominada al Óscar a la Mejor película, y recrea un episodio real en la lucha del político y activista Martin Luther King en defensa de los derechos civiles de la población negra. Concretamente, el filme se centra en la multitudinaria marcha desde Selma a Montgomery (Alabama), en 1965, que finalmente obligó al presidente Johnson a aprobar la ley sobre el derecho al voto de los ciudadanos negros. Una película vigorosa, con conflictos complejos, que trata de huir del maniqueísmo para acercarse a los distintos puntos de vista que estaban en juego. La película también se asoma a las circunstancias personales y familiares de Luther King. La película ganó el Globo de Oro y el Óscar a la Mejor canción, estupendo broche de oro para los créditos finales

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La conspiración del silencio
La conspiración del silencio. Foto: DeaPlaneta
La conspiración del silencio. Foto: DeaPlaneta
Coincidiendo con el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz se estrenó esta película de Giulio Ricciarelli, que cuenta la historia de Johann Radmann, un joven fiscal que, a finales de los cincuenta, comenzó a investigar lo sucedido en Auschwitz. En aquel momento los alemanes habían corrido un tupido velo sobre el III Reich y nadie quería saber nada de crematorios, cámaras de gas ni exterminios de judíos. Todo el mundo tenía nazis en su familia y habían optado por mirar hacia adelante imponiendo un tácito olvido del pasado. Pero ¿era eso justo? Es la pregunta que lleva al fiscal Radmann a reabrir viejas heridas. Interesantísima película que cuenta hechos reales que ponen sobre la mesa densos dilemas morales y jurídicos. El presupuesto moral en el que se basa esta película era la necesidad de que Alemania asumiera la verdad entera, que los culpables pidieran perdón y pagaran las consecuencias.

jueves, 25 de febrero de 2016

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Calvary, de John Michael McDonagh
Calvary. Foto: Twentieth Century Fox
Calvary. Foto: Twentieth Century Fox
El irlandés John McDonagh nos cuenta la historia del padre James (Brendan Gleeson), un viudo sacerdote católico de un pueblo costero. Un día recibe en el confesionario a un penitente que relata cómo fue sistemáticamente violado por un sacerdote pederasta durante su infancia. Ahora, tras una existencia traumática, ha decidido vengarse. Y el bueno del padre James va a ser la víctima expiatoria: al cabo de una semana va a ser asesinado. Sabe que la amenaza viene de un parroquiano, pero por la voz no tiene certeza absoluta de quién se trata. Como en una especie de Cluedo, vamos conociendo los personajes y su respectiva relación con el sacerdote: un viejo escritor, un científico cínico, un ocioso multimillonario y un carnicero cuya esposa está teniendo una aventura con un inmigrante africano. El padre James brega con todos, a todos trata de ayudar, y a menudo solo recibe incomprensiones. Una película muy valiosa que indaga con gran realismo en la poliédrica naturaleza del mal, también en el perdón, exalta el sacerdocio y muestra una fe que no es abstracta, sino que se implica en las tortuosas peripecias de la condición humana.

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Flow, de David Martínez
Flow. Foto: La Real Academia de Taramundi
Flow. Foto: La Real Academia de Taramundi
Intenso viaje interior de un actor con problemas personales y familiares que busca su identidad y el sentido de su existencia. Gracias a la fuerza expresiva del actor Juan del Santo, esta historia de un solo personaje y sencilla producción se convierte en un verdadero tratado fílmico de antropología moderna, y en un diálogo inmediato y sincero con el espectador. Una cuidada fotografía y una puesta en escena esencial nos introducen en el mundo y drama interiores de Walter, un personaje que no solo encarna la condición del actor, sino que expresa con delicadeza y positividad las grandes cuestiones del ser humano.

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Mandarinas, de Zaza Urushadze
Una escena de Mandarinas. Foto: Karma Films
Una escena de Mandarinas. Foto: Karma Films
Este conmovedor drama de ficción histórica se ambienta en la guerra abjasio-georgiana que tuvo lugar a principios de los noventa, cuando la región georgiana de Abjasia se negó a independizarse de Rusia contraviniendo los deseos separatistas del Gobierno de Georgia. El filme nos habla de dos guerrilleros marcados por un odio fanático, étnico y religioso, y que ante la presencia y convivencia con un hombre bueno experimentan un arco de transformación que restaura su humanidad rota y hace renacer su dignidad y capacidad de encuentro. El cineasta georgiano Zaza Urushadze demuestra una gran maestría en su austera forma de pintar el horror de la guerra y de retratar lo irreductible de la condición humana que se mantiene vivo en medio de cualquier tragedia o devastación moral. Urushadze despliega una puesta en escena esencial, de tiralíneas, que no deja pasar ningún detalle y en la que belleza y elegancia coinciden con sobriedad y desnudez. Además, la película es un bello relato de encuentro interreligioso.

lunes, 15 de febrero de 2016

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LA VERDAD DUELE

El doctor Bennet Ifeakandu Omalu, nacido en Nnokwa (Nigeria) en 1968 y afincado en Estados Unidos, es un patólogo forense que fue el primero en investigar y publicar sobre la encefalopatía traumática crónica (CTE, por sus siglas en inglés) en los jugadores de fútbol americano. Él demostró, diseccionando los cerebros de diversas estrellas del fútbol muertas en extrañas circunstancias o por suicidio –como Dave Duerson y Junior Seau–, que los golpes recibidos en la cabeza por los jugadores podían dar lugar a lesiones que con el paso de los años desembocaban en la locura. Su descubrimiento, realizado mientras trabajaba en Pittsburgh, le enfrentó al poderosísimo negocio del deporte, que trató de arruinar su vida a toda costa. Esto es lo que nos ha querido contar el director y guionista Peter Landesman en esta espléndida película. Para ello ha contado con Will Smith, que encarna con convicción al doctor Bennet, al que acompañan formidables secundarios como Alec Baldwin y Albert Brooks. La actriz británica Gugu Mbatha-Raw interpreta a la esposa de Bennet, personaje discreto pero esencial en la trama.
El guion de La verdad duele está trabado con mucha fuerza y algunos diálogos son especialmente brillantes. La película nos presenta a un hombre cuyo primer amor es a la verdad. Y eso es así porque es un verdadero científico. Es capaz de sacrificar sus sueños e intereses personales con tal de ser fiel a la verdad que ha conocido. Esta virtud en él está muy ligada a su honda religiosidad y a su fe católica. Bennet ama su trabajo, y no solo lo ejerce con profesionalidad, sino también con una humanidad fuera de lo corriente. Para él, los cadáveres a los que debe hacer la autopsia son como amigos a los que hay que tratar con ternura, delicadeza y mucha dignidad. Esta interesante y positiva propuesta antropológica se adereza con un canto al sueño americano entendido en términos morales. Es decir, para el nigeriano Bennet, América representa el lugar donde se encuentran «los elegidos por Dios», una idea que se va a ir llenando de paradojas y contradicciones a lo largo del filme. Finalmente, Bennet va a comprender que la idea del buen americano no está exenta de un sacrificio casi martirial. La cinta también nos ofrece un elogio de la institución familiar, en este caso determinado en ambos cónyuges por una profunda autoconciencia religiosa.

miércoles, 20 de enero de 2016

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EL HIJO DE SAÚL

La moral en Auschwitz
Polonia, 1944. Saúl Ausländer (Géza Röhrig) es un prisionero judío húngaro que es obligado a trabajar en los hornos crematorios de Auschwitz. Un día descubre entre los que van a ser incinerados el cuerpo de un joven a quien Saúl cree su hijo. Entonces lo oculta y busca un rabino para poder enterrarlo con dignidad. Todos sus compañeros le empiezan a considerar como un loco, que además pone en peligro sus planes de fuga.
Sorprendente opera prima del húngaro László Nemes (Budapest, 1977). Sus padres se instalaron en París huyendo del comunismo, con lo que Nemes tuvo una educación en gran parte francesa. Aprendió el oficio de la mano del cineasta Béla Tarr, quien le enseñó a mirar la realidad de una forma más artística. Quizá por ello esta película no se parezca a nada de lo que se ha hecho anteriormente sobre el Holocausto.
Casi toda la película está rodada desde el punto de vista del protagonista, casi como una sucesión de largos planos subjetivos. A esta arriesgada fórmula narrativa se añade la escasa profundidad de campo de los encuadres, que nos obliga a ver desenfocadas las escenas más terribles del exterminio de los judíos en las cámaras de gas. Se trata de una opción más ética que estética, ya que pone al espectador frente a esa tragedia moral sin hacer de ello un espectáculo. Por otra parte, el argumento mismo nos muestra a un hombre que por creer incondicionalmente en la dignidad de un ser humano particular acaba convirtiéndose en un loco a los ojos de propios y ajenos. Quizá por ello el director declara: «En una historia tan oscura como la aquí narrada, creo que también se palpa un gran sentimiento de esperanza: a través de la pérdida total de la integridad, de los valores y de la religión, un hombre comienza a escuchar una débil voz en su interior, que le empuja a realizar una hazaña aparentemente vana e inútil, para terminar encontrando moralidad y un afán de supervivencia en su interior».
El hijo de Saúl obtuvo el Gran Premio del Jurado y Premio Fipresci en el pasado Festival de Cannes, y ha sido seleccionada por Hungría para los Óscar, en los que parte como una de las favoritas en la categoría de Película de habla no inglesa.

jueves, 17 de diciembre de 2015

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INVISIBLE

Georges (Richard Gere) es un hombre alcohólico que vaga por las calles buscando donde dormir. Le persigue una historia familiar dolorosa, que solo va comunicando a pequeñas dosis incompletas y confusas. Tiene una hija, Maggie (Gena Malone), que trabaja de camarera en un bar y que no desea verle, probablemente por el sufrimiento que le ha causado en el pasado. Georges se va encontrando con distintas personas en albergues y hospitales, gente que quiere ayudarle, trabajadores sociales, compañeros de infortunio… pero lo que realmente desea es reencontrarse con su hija.
Invisibles es el tercer largometraje de Oren Moverman, de quien también es el guion. La película quiere entrar en la mente de un sintecho, en su deterioro psicológico y moral, en su soledad y desesperación, en su sentido de culpa, en sus mecanismos de defensa… La intención de Oren Moverman es interesante y loable, pero seguramente yerra en el camino que elige. Fundamentalmente porque se nota su pretensión de hacer cine de autor. Por ejemplo, esa insistencia en poner la cámara en un espacio físico diferente del que habita el personaje, y que nos obliga a verle continuamente a través de puertas o cristales, es algo que le funciona a Won Kar Wai porque nace de su estética personal, pero que aquí resulta tedioso y cargante porque se nota su artificio. Lo mismo ocurre con esos planos largos, en los que nada sucede, y en los que oímos el eco de conversaciones ajenas, a lo Wim Wenders en Cielo sobre Berlín… Resultan vacíos, poco convincentes y en definitiva aburridos y sin emoción. Pero el error más grave es haber contado con Richard Gere como protagonista. Algo inevitable, pues es el productor. Richard Gere es un gran actor. Pero su aura de galán romántico y glamuroso hace que para el espectador resulte muy difícil creerle en un papel de  homeless alcohólico y zarrapastroso.
Por otra parte, no queda claro si la película es una denuncia social o un drama personal. Ambas cosas quedan desdibujadas por la falta de información que tenemos del protagonista. Todo indica que él está así porque él mismo se lo ha buscado, pero se necesitan más elementos para empatizar con un personaje.

jueves, 3 de diciembre de 2015

CINE PARA CREER



EL PUENTE DE LOS ESPÍAS

Steven Spielberg estrena su última película de contenido histórico, y lo hace con ese clasicismo tan característico suyo en los últimos años. Un canto a la integridad moral y a la justicia que va más allá de lo políticamente correcto. Con guión de los hermanos Coen.
En los años 50, al comienzo de la Guerra Fría, el FBI detiene a Rudolf Abel (Mark Rylance), un agente soviético que reside en Nueva York, que se niega a traicionar a su país y es recluido en prisión a la espera de juicio. El Gobierno americano encarga su defensa a James Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn que acepta un encargo tan impopular exponiéndose a sí mismo y a su familia al desprecio de los americanos. Donovan, un hombre honesto, quiere asegurarse de que Abel reciba un juicio justo. Mientras prepara su estrategia de defensa, entre los dos hombres empieza a surgir un particular vínculo, construido sobre la base del mutuo respeto y entendimiento. Poco después, un avión U2 espía americano es derribado cuando surca el espacio aéreo soviético y el piloto, Francis Gary Powers (Austin Stowell), es sentenciado a diez años de prisión en la URSS. La CIA contacta secretamente con Donovan para que negocie un intercambio de prisioneros: Abel por Powers. Es entonces cuando Donovan jugará una carta sorpresa que muestra la auténtica estatura de su humanidad.
En medio de la confusión en que vivimos, con El puente de los espías Spielberg vuelve a poner sobre la mesa sus certezas positivas sobre la condición humana, sobre la naturaleza del bien y de la justicia. Una justicia que no se queda en el esqueleto de la letra, sino que se enmarca en unos valores humanos más amplios y generosos. Él es capaz de ver en el enemigo político un ser humano con la misma dignidad y derechos que un compatriota y quiere darle el mismo trato que desearía que recibiera un americano capturado por la URSS.
Además de la trama judicial y negociadora, no podía faltar ese canto a la familia tan recurrente en Spielberg y que supone un broche de oro a tan interesante película. Se vuelve a confirmar que Tom Hanks es el mejor actor capaz de interpretar a este Atticus Finch de la Guerra Fría.

jueves, 12 de noviembre de 2015

CINE PARA CREER



DEUDA DE HONOR

¿Y quién cuida al cuidador?
Tommy Lee Jones, actor consagrado y director interesante, dirige e interpreta la adaptación de una oscura y sórdida novela de Swarthout. Consigue una película impactante y densa pero, no nos engañemos, poco comercial y nada complaciente. En el Oeste americano, en 1855, una joven solitaria y fuerte, Mary Bee Cuddy (Hilary Swank), se ofrece para trasladar desde Nebraska a Iowa a tres mujeres del pueblo que se han vuelto locas. Para hacer ese peligrosísimo trayecto con una mercancía tan inquietante, contará con la imprevista ayuda interesada de un forajido, Briggs (Tommy Lee Jones).
La cinta es una auténtica road movie en la que se irá desvelando la verdad del corazón de cada personaje, a través de un arco de transformación que sacará a la luz las debilidades y contradicciones de cada uno, así como su nobleza. La religiosidad de la que hacen gala los distintos personajes está atravesada de un sentimiento trágico de la vida, muy luterano, y que bajo un formalismo muy consolidado apenas alberga una esperanza real. En ese sentido es interesante comparar la fe de estos personajes con los que describen en sus novelas Bernanos o la misma Flannery O’Connor, sobre cuyo catolicismo hizo una investigación el propio Tommy Lee Jones en Harvard.
La película es un desnudo retrato del sufrimiento humano: mujeres que pierden a sus hijos, que no encuentran el amor que buscan, hombres egoístas dominados por el miedo, o duros aventureros sin vínculos que tratan de esconder su humanidad. Pero toda esa miseria está entrelazada de sincero altruismo y fuerte conciencia moral. El breve personaje que interpreta Meryl Streep es quizá quien mejor encarna una caridad cristiana genuina, no torturada por una tragedia irresoluble.
La puesta en escena recoge los mejores elementos del western, del clásico y del crepuscular, encuadrados en una excelente fotografía y sostenidos por unas vibrantes interpretaciones.